Tal día como hoy, el 10 de marzo de 1535, uno de nuestros #exploradoresolvidados, descubrió casualmente las Galápagos. Hablamos de Tomás Henríquez y Gómez, más conocido como Fray Tomás de Berlanga, por aquel entonces Obispo de Panamá (entonces era Castilla del Oro o Tierra Firme).
Nació en 1487 en Berlanga de Duero. hijo de hidalgos. Tomó el hábito de Santo Domingo el 10 de marzo de 1508 en el convento de San Esteban de Salamanca, tomando el nombre de fray Tomás de Berlanga. Dos años después se asentó en la isla de La Española.
Como hijo de labradores que era, se interesó por la agricultura, introduciendo nuevos cultivos a ambos lados del océano, además de propiciar la enseñanza de técnicas de cultivo a los indígenas. Se le atribuye la introducción en América de la banana africana.
Durante su vida, destacó por ayudar a indígenas y fomentar que se les tratase como iguales.
Los méritos logrados por esfuerzo e influencia, tuvieron su reconocimiento en 1530, cuando fue nombrado obispo de Panamá. Su principal cometido iba a ser la construcción de la catedral.
El 23 de febrero de 1535, embarcaba desde Panamá en una misión hacia el Perú, que consistía en arbitrar en el conflicto que estaba surgiendo entre Francisco Pizarro y Diego Almagro. Como la diócesis de Panamá abarcaba todo lo descubierto y por descubrir en tierras sudamericanas, y el conflicto entre ambos conquistadores era sobre los respectivos límites territoriales, fray Tomás era la persona adecuada para mediar entre ambos y resolver la disputa. La misión además consistía en informar sobre las condiciones existentes en Perú, la población indígena y el potencial de la región, así como observar el trato que Pizarro y los encomenderos le daban a los indios, y estudiar la conveniencia de crear una nueva gobernación en Quito.
Tras partir, su barco estuvo 6 días sin viento para poder navegar. Fue arrastrado por las corrientes de Humboldt hacia el Oeste, hasta llegar accidentalmente a las islas, donde desembarcó para abastecerse de agua. Aunque no era el capitán, sí era quien iba al frente de esta misión, por lo que se le atribuye el descubrimiento.
Tras la llegada a Puerto Viejo, envió un informe a Carlos V describiendo el descubrimiento y su fauna, como son "los lobos marinos e tortugas e galápagos tan grandes que llevan cada uno un hombre encima, e muchas iguanas que son como sierpes”
Su misión de arbitraje no tuvo éxito. Decepcionado por su fracaso, regresó a Panamá sin apaciguar el conflicto, que en los años siguientes cubrió de sangre el Perú.
Impuso orden moral en Panamá, introdujo el diezmo y se preocupó por cuidar de los indígenas para que tuvieran un trato justo, aunque también debían pagar el diezmo, como cualquier otro.
En 1540 regresó a España con la intención de reclutar a los mejores albañiles y canteros para construir una nueva catedral, pues la anterior de madera, se quemó. Zarpó el 4 de noviembre de ese mismo año de vuelta a Panamá con diez barcos, sin embargo, terminó en tragedia. Dos de los barcos naufragaron, perdiendo a albañiles, herramientas, los órganos, cuadros y ornamentos. Sólo pudo poner los cimientos y construir una nueva de madera.
A finales de 1542, cansado y enfermo, dejó su diócesis para volver a la península, donde llegó tras sufrir una fuerte tormenta y casi naufragar.
Se retiró a su Berlanga natal donde se dedicó a fundar conventos y organizar obras pías.
Murió el 8 de julio de 1551 a la edad de 64 años. Fue sepultado en un sarcófago de la colegiata, en la capilla llamada de los Cristos de Panamá, construida por él. En esta capilla se conservan varios recuerdos personales suyos, como son dos mitras, una casulla, un cáliz, y un caimán disecado.
En Berlanga se conserva su casa natal así como la capilla de su nombre y en su memoria, en la plaza del Mercado, se yergue una gran estatua de bronce portando en su mano izquierda un libro, y montado sobre un globo terráqueo en el que se posan una iguana y una tortuga galápago del archipiélago que descubrió.


